Prueba
- Y a un idilio tan frío solo le puede la muerte -


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3 de enero de 2011

Silencio


Para amar sólo hace falta una cosa: un corazón; el propio. Nada más. Y este corazón tan sólo necesita de latidos para que el mundo gire y todos en torno a él.

Se alimenta de poesía, de recuerdos que amurallan el ayer, se viste desnudo y galopa sin perder el aliento. El corazón vive en nosotros y esclaviza sin látigo. Sin tener ojos visualiza los besos añorados, no tiene boca pero gasta un hambre voraz para atrapar el deseo de su carne. Tiene su propia dinámica y la medida de nuestra comodidad se basa en su entendimiento más o menos acertado.

El corazón siempre quiere más. Y es que el beso perfecto todavía no ha decidido presentarse. Siempre echamos de menos el abrazo venidero, la danza de unos labios que no arañen, los ojos que nunca conocieron el pecado original... Como si viviese en una eterna regeneración sigue latiendo en su cautivo placer acorazado y con sangre y sumergido en su recreo nos repite incansable que mientras vivamos en él, el amor será su único hábitat deseado.

Hasta que no logre latir amando no dejará de repetirnos en su idioma particular y punzante que no estamos vivos. Nos regará de una sangre artificial para que continuemos en la lucha de la búsqueda, en la batalla flagelante entre las multitudes hasta el hallazgo de esa persona que calme nuestra sed para no ahogarnos en ella. El lenguaje de los corazones desconsolados es el silencio. Un silencio que pesa y desgasta. El silencio que el amante impetuoso comparte con su almohada; el silencio que sumerge a los no correspondidos en el destierro marchito de sus soledades.



Todos los derechos reservados. Jesús Leirós 2011 ©
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2 de abril de 2010

En Soledad

“...y desde lejos la veo. En el mismo lugar, serena. Su cara sigue engalanada de dolor y luz. Camino cabizbajo lentamente, sin saber bien qué decirle, cómo explicar mi larga demora. Pero de pronto, todas las dudas se desvanecen. En su rostro de lágrimas amanece una sonrisa que me invita a quedarme a su lado.

- Vaya, por fin has decidido volver. Llevaba ya tiempo esperándote.

- No ha sido mi intención. Ya sabes, las cosas cambiaron tan de repente...

Mi mirada se hizo líquida, como quien mira al país del que le obligaron exiliarse. Y clavando mis rodillas en el blanco mármol, dejé que el silencio de una felicidad pasada hiciera el resto. Tras un suspiro ahogado, cruzamos nuestras miradas y supe que se dedicaba a bucear en lo más profundo de mi ser.

- Ahora que te tengo delante, déjame recordarte la primera vez que nos vimos. Sí, fue en Adviento, hacía mucho frío. ¡Traías una tinaja de lo más original, todo hay que decirlo!

- No recuerdo haber traído ninguna, ¿para qué la iba a querer?- pregunté desconcertado.

- Verás, todos cuantos vienen a estar junto a mí traen una. En ella meten toda la fé, bondad, verdad, amor y sacrificio que pueden para después vaciarla aquí, justo donde estás tú ahora. Así me demuestran de todo lo que son capaces de hacer.

- ¿Y yo también la traigo? Nunca me había fijado... Pero dime, ¿por qué reconoces que la mía era original?

- A simple vista, cualquiera podría haberla desaprobado. Tu tinaja no era para nada grande, muy débil y estaba hecha de un barro bastante deleznable. En cuanto a la ornamentación, no conseguía asombrar. Tampoco tenía una buena asa que permitiese manejarla con seguridad. Hasta para mantenerla de pie recuerdo que tenía que estar apoyada necesariamente en otra más resistente.

- ¿Y entonces, por qué llevabas tiempo esperándome? En serio, no creo que la mía tuviese nada de especial...

- No me has dejado terminar. Sé de buena mano que estabas lejos de todo y que tu camino era el que más piedras tuvo desde un principio. Sin darte cuenta, tu frágil tinaja se rompía dejando caer todo lo que en ella habías metido. Cada vez que me visitabas nadie a tu alrededor entendía por qué llegaba tan vacía hasta mí. Pero para sorpresa de todos, decidiste seguir viniendo con tu tinaja sencilla, rota y casi vacía.

- Pero tú en verdad te mereces tinajas rebosantes, nada de cántaros vacíos. Siento de corazón haber perdido por el camino todo lo que te tenía preparado.

- No te lamentes, eso de nada nos sirve ahora. Y es que gracias a que tu tinaja estaba agrietada, fuiste regando sin saberlo todo el camino que un principio era yermo, donde nada había. Ahora fíjate, donde tú derramaste los versos que me componías florece la poesía, donde nutriste los espinos aparece la amistad verdadera, y donde perdiste todo el amor que no me llegaba, ha hecho reconocible el camino hasta ti.

- Nunca olvidaré que fuiste responsable directa de mi felicidad - confesé mientras sonreía con los ojos cerrados.

. Tampoco quiero que olvides algo que deseo que me prometas de todo corazón.

- ¡Sí, lo que quieras!

- Que algún día volverás.

- Te lo prometo, Madre.”

- J. Leirós León - Fragmento de “En Soledad” (2009)
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7 de marzo de 2010

En Soledad


"Quizás deba ser el momento de volver. Es imposible no agradecerle tanto bien que hizo por mí sin apenas darme cuenta. Tengo que verla. No puede esperar más tiempo ese ramo jurado que tanto significa. Esta vez debería de ser rojo y no blanco. Rojo pasión, rojo sangre, rojo amor..."

"¿Y si no me reconoce? ¿Y si no comprende mi situación? Entro en el templo y no hay nadie. Una atmósfera de paz y recuerdo invaden mis pasos quedos. En una esquina iluminada se recoge el máximo símbolo de mi vida pasada. Respiro profundamente y desde lejos la veo..."
Fragmento de "En Soledad" (2009)
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