
Para amar sólo hace falta una cosa: un corazón; el propio. Nada más. Y este corazón tan sólo necesita de latidos para que el mundo gire y todos en torno a él.
Se alimenta de poesía, de recuerdos que amurallan el ayer, se viste desnudo y galopa sin perder el aliento. El corazón vive en nosotros y esclaviza sin látigo. Sin tener ojos visualiza los besos añorados, no tiene boca pero gasta un hambre voraz para atrapar el deseo de su carne. Tiene su propia dinámica y la medida de nuestra comodidad se basa en su entendimiento más o menos acertado.
El corazón siempre quiere más. Y es que el beso perfecto todavía no ha decidido presentarse. Siempre echamos de menos el abrazo venidero, la danza de unos labios que no arañen, los ojos que nunca conocieron el pecado original... Como si viviese en una eterna regeneración sigue latiendo en su cautivo placer acorazado y con sangre y sumergido en su recreo nos repite incansable que mientras vivamos en él, el amor será su único hábitat deseado.
Hasta que no logre latir amando no dejará de repetirnos en su idioma particular y punzante que no estamos vivos. Nos regará de una sangre artificial para que continuemos en la lucha de la búsqueda, en la batalla flagelante entre las multitudes hasta el hallazgo de esa persona que calme nuestra sed para no ahogarnos en ella. El lenguaje de los corazones desconsolados es el silencio. Un silencio que pesa y desgasta. El silencio que el amante impetuoso comparte con su almohada; el silencio que sumerge a los no correspondidos en el destierro marchito de sus soledades.
Todos los derechos reservados. Jesús Leirós 2011 ©
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