Prueba
- Y a un idilio tan frío solo le puede la muerte -


Prueba

22 de marzo de 2010

¡Dime que me quieres!


Estaban decididos a intentarlo. Ninguno de ellos querían terminar el curso sin probar suerte. No tenían nada que perder pero sí mucho que ganar.

- Yo tengo una buena idea para conquistarlas. Tenemos que darlo todo porque el año que viene iremos al instituto y la competencia será mucho mayor. ¡Venga, mañana nos vemos en el recreo! ¡Es nuestra última oportunidad chicos! - dijo Esteban, el lider de la pandilla en los recreos. En la calle mandaba Rubén, el chico más malo del mundo mundial.

Carlitos, el gafotas, estaba enamorado de Verónica, la niña de las trenzas más largas y doradas de la clase de sexto curso. Era adorada por todas las profesoras por sus sobresalientes chapetas de princesa de cuento y bueno, también por sus notas que eso también cuenta.

Con Adrián todos coincidiían: "No sabían si saltar por encima o rodearlo". Estaba repleto de almohadillados michelines. Tantos que ningún balonazo del patio parecía herirle. Incluso los lanzados por los profesores cuando querían intentar ganarnos...¡ilusos!. Su pretendiente era Martina. Corría la leyenda que fue capaz de comerse dos bocadillos a la vez sin ningún refresco. Una chica Guinness siempre tenía su atractivo. Al menos así lo creía él.

Un caso muy distinto era el de Esteban. El suspiraba por Ana, nuestra querida y amada tutora. Él sabía que estaba prometida desde hacía varios años. Incluso había oído en los claustros mientras duraban sus más que normales castigos en los pasillos que estaba embarazada de ese dandy supremo con el que compartía casa. Por ella se iba a arriesgar y darlo todo. Total, era el último año con ella...

El último pretendiente era Rubén. En un principio no hubo forma de convencerlo para que le mostrara su amor a Jessica, la más pija del colegio. Guardó con recelo su sorprendente confesión sentimental. Quiso sorprendernos, y sí, lo hizo...

Llegó el gran momento y los cuatro se dispusieron a enfrentarse a las críticas para calmar sus ansias de cariño y consideración. Era el día D en la hora H. Y fue así que pasó.

Carlitos se deshizo de sus gafas para parecer más atractivo a Verónica. Creyó correr hasta a ella con el traje de marinero con silvato de su comunión hasta que calló de espaldas clavándose las espinas de las rosas que había mutilado del jardín de enfrente. Se había estrellado contra el poste donde hizaban la red de voleybol. Todos comenzaron a reír mientras él seguía buscando una explicación.

Adrián quiso regalarle a Martina un bocadillo gigante y compartirlo juntos en el banco del patio. Convenció a su abuela de que se trataba de un concurso del barrio. Tomates, chorizo, aceite de oliva y queso conformaban una doble rebanada de pan que engulló teniendo de fondo los chiflidos de todos los alumnos del colegio. Martina se acercó para besarlo (en verdad se moría por sus huesos, bueno, y también por sus bocadillos). En cuanto estuvo a su lado Adrián no controló a su caprichoso estómago y le vomitó encima. Martina comenzó a gritar agitando las manos por todo el patio.

Esteban se quedó en clase. No había hecho los deberes a propósito (en verdad no era ningún esfuerzo para él) y pintorrejeó en la pizarra todos los corazones posibles para su querida profesora. Recortó muchos más para después pegarlos por toda la clase. Cuando estaban a punto de subir del recreo, le dejó una nota en su mesa para que la leyese en silencio. Todo estaba listo. Cuando vio abrir la puerta quiso que la tierra le tragase. No era Ana, sino Madre Valentina, la más odiada de las monjas que por alguna extraña razón no se dedicaba a rezar sino a enseñar una geometría que nadie entendía. La monja con cara de alcachofa derretida comenzó a gritarle a la vez que lo perseguía por toda la clase con su regleta.

Ruben pegó en su balón de fútbol todas las fotografías que tenía de su amada. Cuando se lo enseñó, a decir verdad, ella le dio su aprobación. Pero cuando todos los chicos comenzaron a jugar y vio su cara apaleada por insufribles patadas contra sus zapatos llenos de barro, se acercó a él y le dio una bofetada muy suave pero que dolía como la más veloz.

No hay dudas. Ese no fue su gran día. Quizás fue su primer tropiezo en esto de hacerse querer. Ahora entendían que el amor pudiese ser ciego, difícil incluso peligroso. Pero tenían buenas razones. Y es que ellas, bien lo merecían.
Publicado por Jesús Leirós León Etiquetas: en 22.3.10

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Suerte. Creo que ha llegado tu hora. Ahora seguro que volverá a ser todo como antes.

Jesús Leirós León dijo...

¡Gracias por desearme suerte!

Carmen Cabrera dijo...

¿También le das al cuento infantil? Lo he pasado genial mientras lo leia, lo quiero leer en clase con mis niños.

Prometo nombrarte como autor!!

Un besote guapo.

galiMATIAS dijo...

¿Tu hora de queee? Parece que te están amenazando jaja

Bueno pues si hay q darte suerte enga yo tambien te la doy!

El minirelato me ha gustao mucho, y bueno, para la mañana que llevo me ha servido de algo!

Un abrazo AUTOR COSMOPOETICA 2010!

Mariana dijo...

jajaja, me ha encantado! ademas la Martina se parece a la de la foto que has puesto arriba eh!!

no se me escapa na!

Laura B. dijo...

jajaja me ha gustao mucho, ha sido tierno!